Ashwagandha: la planta adaptógena que me ayudó con el estrés

Hubo un momento en el que me miré al espejo y pensé: "¿Quién es esta?"
No era solo el físico. Era todo. Mi energía, mi paciencia, mi forma de estar en el mundo. Ya no era la que podía con todo, la que llegaba a casa después de un día largo y aún tenía ganas de hacer cosas, la que se apuntaba a planes sin pensarlo dos veces.
Ahora necesitaba más descanso. Me cansaba antes. Me irritaba más fácilmente. Y sobre todo, sentía esa culpa pesada de no ser la de antes.
¿Por qué me sentía culpable? Porque en algún momento interioricé que ser "menos productiva", "menos activa", "menos disponible", era algo malo. Como si mi valor dependiera de cuánto aguantaba, cuánto daba, cuánto hacía.
Y cuando mi cuerpo empezó a pedirme otra cosa, en lugar de escucharlo, me culpé por no estar a la altura.
La culpa de no ser la de antes no es racional. Lo sé. Pero está ahí.
Culpa de cancelar planes porque estás agotada. Culpa de necesitar más tiempo para ti. Culpa de no tener la misma paciencia que antes. Culpa de no estar siempre disponible para los demás. Culpa de haber ganado peso. Culpa de no tener la misma libido. Culpa de sentirte diferente.
Y lo peor es que esta culpa es silenciosa. No la dices en voz alta. La cargas tú sola, como si fuera tu responsabilidad volver a ser quien eras.
"Antes podías con esto y más." "Antes no te cansabas así." "Antes eras más divertida." "Antes tenías más energía." "Antes tu cuerpo era diferente."
Siempre comparándome con un "antes" idealizado. Con una versión de mí que ya no existía. Y sintiéndome mal por no poder recuperarla.
Porque nadie te dice que está bien cambiar. Que está bien necesitar cosas diferentes. Que está bien no ser siempre la misma.
La sociedad te vende que tienes que ser eternamente joven, eternamente productiva, eternamente disponible. Y cuando no lo eres, sientes que has fallado.
Estaba hablando con una amiga que también estaba en perimenopausia. Le conté cómo me sentía. Esperaba que me dijera algo como "pero si estás bien" o "no digas eso".
Pero no. Me dijo: "A mí me pasa lo mismo. Y tardé mucho en entender que no es un fracaso. Es un cambio".
Esa frase me resonó durante días.
No es un fracaso. Es un cambio.
No estaba perdiendo algo. Estaba transitando una etapa diferente. Con necesidades diferentes. Con ritmos diferentes. Y eso no me hacía peor persona ni menos valiosa.
1. Compararme con mi versión de hace 10 años no tiene sentido
Hace 10 años mi cuerpo era diferente. Mis hormonas eran diferentes. Mi vida era diferente. Comparar esa versión con la actual es injusto. Porque no son comparables.
Es como comparar el invierno con el verano y sentirte mal porque en invierno no hace calor.
2. Cambiar no es retroceder
Durante mucho tiempo sentí que estaba retrocediendo. Perdiendo facultades, perdiendo juventud, perdiendo energía.
Pero cambiar no es retroceder. Es avanzar hacia otra etapa. Con otras cosas. Con otros aprendizajes.
3. Mi valor no depende de mi productividad
Esta fue dura. Porque llevo años interiorizando que mi valor está en lo que hago, en lo que produzco, en lo que aporto.
Pero no. Mi valor está en quién soy. No en cuánto aguanto.
4. Está bien poner límites
Decir "no puedo" no es ser débil. Es ser honesta. Decir "necesito descansar" no es ser vaga. Es cuidarme. Decir "esto ya no me va bien" no es ser difícil. Es respetarme.
Poner límites no es egoísmo. Es supervivencia.
5. No tengo que justificarme
No tengo que explicar a todo el mundo por qué ya no hago según qué cosas. Por qué necesito más descanso. Por qué mi cuerpo ha cambiado.
No le debo a nadie una versión de mí que ya no existe.
1. Hablé de ello
Contarle a otras mujeres cómo me sentía me ayudó. Porque descubrí que no estaba sola. Que muchas pasaban por lo mismo. Y que no era rara ni débil.
2. Dejé de disculparme
Dejé de pedir perdón por necesitar cosas. Por cambiar planes. Por decir que no. Por cuidarme.
Si algo no me va bien, lo digo. Sin culpa.
3. Me rodeé de personas que me entienden
Hay gente que entiende. Y gente que no. Decidí pasar más tiempo con quienes me entienden. Y menos con quienes me hacían sentir mal por cambiar.
4. Empecé a valorar lo que SÍ tengo ahora
Antes tenía más energía física. Ahora tengo más claridad mental sobre lo que quiero y lo que no. Antes aguantaba más. Ahora me respeto más.
Cambié, sí. Pero no solo perdí cosas. También gané otras.
5. Dejé de intentar recuperar a la de antes
No voy a volver a ser la de hace 10 años. Ni física ni emocionalmente. Y está bien.
Puedo cuidarme, moverme, nutrirme bien, descansar. Pero no para volver a ser quien era. Sino para estar bien con quien soy ahora.
Si te sientes culpable por no ser la de antes, quiero que sepas algo:
No estás fallando. Estás cambiando. Y cambiar es natural. Es parte de la vida.
Tu cuerpo no es un enemigo por transformarse. Es tu cuerpo. Y está haciendo lo que tiene que hacer.
No le debes a nadie ser siempre la misma. Ni siquiera a ti misma.
Está bien necesitar más descanso. Está bien tener menos energía. Está bien poner límites. Está bien cambiar de prioridades. Está bien no estar siempre disponible.
Tu valor no está en cuánto aguantas. Está en quién eres. Y quien eres ahora es tan válida como quien eras antes.
Soltar la culpa no fue rápido. Fue un proceso. Todavía hay días en los que me comparo con versiones antiguas de mí y me siento mal.
Pero cada vez es menos frecuente. Cada vez me acepto más. Cada vez entiendo mejor que esto no es un fracaso. Es una transformación.
Y que puedo transitar esta etapa con amabilidad hacia mí misma. Sin exigencias. Sin culpa. Sin intentar ser quien ya no soy.
Porque al final, lo más importante no es volver a ser la de antes.
Es aprender a estar bien con la de ahora.
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