Ashwagandha: la planta adaptógena que me ayudó con el estrés

Imagen
  Había días en los que me levantaba ya agotada. No físicamente. Mentalmente. Esa sensación de estar en alerta constante. De que cualquier cosa podía desbordarte. De no poder parar la cabeza ni un segundo. No era ansiedad en el sentido clínico. Era… estrés de fondo. Todo el tiempo. Como un zumbido que no se apagaba. Intenté meditación. Intenté respirar profundo. Intenté "relajarme". Pero no funcionaba. Mi cuerpo estaba en modo alarma permanente. Hasta que una amiga me habló de la ashwagandha. "Es una planta adaptógena", me dijo. "Ayuda al cuerpo a gestionar el estrés". Yo no sabía ni qué era un adaptógeno. Pero estaba dispuesta a probar cualquier cosa. Qué es la ashwagandha La ashwagandha (Withania somnifera) es una planta usada desde hace miles de años en la medicina ayurvédica (India). Se la llama "adaptógeno" porque ayuda al cuerpo a adaptarse al estrés . No es un sedante. No te duerme. Lo que hace es regular tu respuesta al estrés. ...

Cómo recuperé mi autoestima cuando mi cuerpo cambió




Mi ropa dejó de quedarme bien. No de golpe, sino poco a poco. Primero los pantalones que empezaban a apretar en la cintura. Luego las blusas que se me marcaban donde antes no. Después el sujetador que ya no me servía.

Me miraba al espejo y no reconocía mi silueta. La tripa más abultada. Los brazos más blandos. El pecho diferente. Todo parecía haberse redistribuido sin pedirme permiso.

Y con cada cambio físico, mi autoestima se resentía un poco más.

No es vanidad. O no solo. Es que cuando tu cuerpo cambia tanto y tan rápido, pierdes referencias. Ya no sabes qué te queda bien, qué te favorece, cómo vestirte. Te sientes extraña en tu propia piel.

Y eso duele.

Tardé mucho en recuperar mi autoestima. Pero lo hice. No volviendo a tener el cuerpo de antes, sino cambiando mi relación con el cuerpo que tengo ahora.

Lo que no funcionó (y me hizo sentir peor)

Intentar adelgazar a toda costa

Lo primero que hice fue ponerme a dieta. Restricción calórica, ejercicio intenso, pesarme todos los días.

Resultado: perdí un poco de peso al principio, pero luego mi cuerpo se estancó. Y yo me frustraba más. Porque hacía "todo bien" y no conseguía los resultados que esperaba.

Además, las dietas me dejaban sin energía, irritable, obsesionada con la comida. No era sostenible ni saludable.

Compararme con otras mujeres (o con fotos antiguas mías)

Miraba Instagram. Veía mujeres de mi edad con cuerpos "perfectos". Y me sentía mal.

Miraba fotos mías de hace años. Y me sentía peor.

Compararse es una trampa. Siempre sales perdiendo.

Esconder mi cuerpo

Empecé a usar ropa más holgada, más oscura, más tapada. Intentando disimular lo que no me gustaba.

Pero eso no me hacía sentir mejor. Me hacía sentir invisible. Como si tuviera que esconderme.

Evitar situaciones que me incomodaban

Dejé de ir a la playa. Evitaba probadores de ropa. Rechazaba planes que implicaran exponerme físicamente.

Mi mundo se iba haciendo más pequeño. Y mi autoestima también.

Lo que SÍ funcionó (poco a poco)

1. Dejar de pelearme con mi cuerpo

Este fue el cambio más importante.

Durante meses estuve en guerra con mi cuerpo. Intentando forzarlo a ser algo que ya no era. Enfadada con él por cambiar.

Pero un día me di cuenta: mi cuerpo no es mi enemigo. Es mi casa. Y está haciendo lo que tiene que hacer en esta etapa de la vida.

Los cambios hormonales provocan redistribución de grasa. Es biología, no un fracaso personal.

Cuando dejé de luchar contra eso, algo se alivió.

2. Encontrar ropa que me hiciera sentir bien AHORA

Dejé de intentar entrar en la ropa de hace años. Regalé todo lo que ya no me quedaba bien.

Y me compré ropa nueva. Para el cuerpo que tengo ahora. En la talla que necesito ahora.

Ropa cómoda pero bonita. Que me favoreciera sin apretar. Con colores que me gustaran.

Esto cambió mucho cómo me sentía. Porque vestir bien no es cuestión de talla, es cuestión de que la ropa te quede bien.

3. Moverme por cómo me hace sentir, no por quemar calorías

Dejé de hacer ejercicio con el objetivo de adelgazar. Empecé a moverme porque me hacía sentir bien.

Caminar porque me despeja la mente. Yoga porque me relaja. Bailar en casa porque me divierte.

El ejercicio dejó de ser un castigo y se convirtió en autocuidado.

4. Cuidar mi piel y mi pelo

Invertí tiempo en cuidarme. No para parecer más joven, sino para sentirme cuidada.

Hidratarme bien la piel. Usar productos que me gustaran. Cortarme el pelo de una forma que me favoreciera con la textura que tiene ahora.

Pequeños gestos que me hacían sentir que me estaba cuidando, no abandonando.

5. Rodearme de referentes reales

Dejé de seguir en redes sociales a mujeres con cuerpos inalcanzables. Empecé a seguir a mujeres reales, de mi edad, con cuerpos reales.

Ver cuerpos diversos, sin filtros, me ayudó a normalizar los cambios. A ver que no estaba sola. Que había belleza en los cuerpos reales, en todas sus formas.

6. Hablarlo con otras mujeres

Hablar de esto con amigas que estaban pasando por lo mismo me salvó.

Compartir inseguridades, descubrir que todas sentíamos cosas parecidas, reírnos de algunas cosas, apoyarnos en otras.

No estaba sola. Y eso cambia todo.

7. Centrarme en lo que mi cuerpo SÍ hace

Mi cuerpo cambia, sí. Pero también hace muchas cosas bien.

Me lleva a todos lados. Me permite caminar, bailar, abrazar. Siente placer, siente el sol en la piel, el agua fresca, una buena comida.

Empecé a valorar lo que mi cuerpo hace por mí, no solo cómo se ve.

8. Dejar de esperar "volver a estar como antes"

No voy a volver a tener el cuerpo de mis 30. Y está bien.

Puedo cuidarme, nutrirme bien, moverme. Pero no para recuperar algo perdido. Sino para estar bien ahora.

Aceptar eso fue liberador.

Lo que aprendí sobre autoestima

La autoestima no depende de tu talla. Depende de cómo te tratas a ti misma.

Puedes tener el cuerpo "perfecto" (sea lo que sea eso) y sentirte mal. O puedes tener un cuerpo que no encaja en los estándares y sentirte bien.

La diferencia está en la relación que tienes contigo misma.

Durante mucho tiempo pensé que mi autoestima mejoraría cuando adelgazara, cuando volviera a verme "bien". Pero no funciona así.

Mi autoestima mejoró cuando:

  • Dejé de compararme
  • Dejé de esconderme
  • Empecé a tratarme con amabilidad
  • Acepté que cambiar es normal
  • Me rodeé de personas que me veían con cariño
  • Dejé de luchar contra mi cuerpo

Lo que les diría a otras mujeres

Si tu autoestima está por los suelos porque tu cuerpo ha cambiado, quiero que sepas algo:

Tu valor no está en tu apariencia. Ni en tu talla. Ni en si encajas o no en un estándar estético.

Tu cuerpo está transitando una etapa. Y eso es natural. No es un fracaso.

Puedes cuidarte sin castigarte. Puedes quererte sin tener que cambiar. Puedes estar bien sin volver a ser la de antes.

Y sobre todo: mereces tratarte con la misma compasión, paciencia y cariño que le darías a alguien a quien quieres.

Porque te lo mereces.

El camino sigue

Recuperar la autoestima no fue lineal. Hay días buenos y días malos. Días en los que me siento bien en mi piel y días en los que me cuesta.

Pero la tendencia es positiva. Cada vez me acepto más. Cada vez lucho menos. Cada vez me trato mejor.

Y eso, al final, es lo que importa.

No tener un cuerpo perfecto. Sino tener una relación sana con el cuerpo que tienes.

Porque este cuerpo es el único que vas a tener. Y merece ser tratado con respeto, cuidado y cariño.

Aunque cambie. Aunque no sea el de antes. Aunque no encaje en ningún molde.

Es tu cuerpo. Y es suficiente.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Plantas para la menopausia

Nadie me avisó de esto: mi entrada a la perimenopausia

¿Perimenopausia o menopausia? La diferencia que tardé en entender.