Ashwagandha: la planta adaptógena que me ayudó con el estrés

Estaba viendo una película. Una escena cualquiera. Nada especialmente triste. Y de repente empecé a llorar. No un llanto contenido. Un llanto a sollozos, de esos que no puedes parar.
Mi pareja me miró preocupado. "¿Qué pasa?", me preguntó. Y yo no sabía qué responder. Porque no pasaba nada. No había pasado nada. No había motivo.
Simplemente, estaba llorando.
Esa fue la primera vez que me di cuenta de que algo había cambiado en mis emociones. Y fue solo el principio.
Durante meses, mis emociones fueron completamente impredecibles.
Un día estaba bien. Al siguiente, todo me parecía terrible. Lloraba por cualquier cosa. O por nada. Me enfadaba por tonterías. Me sentía triste sin razón aparente. O ansiosa, con esa sensación de nudo en el pecho que no se iba.
Y lo peor: no entendía por qué.
No había pasado nada malo en mi vida. No tenía problemas graves. No había motivos objetivos para sentirme así. Pero ahí estaba. Emocionalmente desbordada.
Tristeza repentina
Podía estar bien y de repente sentir una tristeza profunda. Como una ola que me invadía sin avisar.
A veces tenía un detonante pequeño (una canción, una noticia, un recuerdo). Otras veces, nada. Solo tristeza.
Llanto sin control
Lloraba mucho más que antes. Por cosas que antes no me habrían afectado.
Un anuncio emotivo. Una conversación. Una despedida. Incluso una escena bonita en una serie. Todo me emocionaba hasta las lágrimas.
Irritabilidad extrema
Ya te he contado esto en otro artículo, pero fue de lo más difícil. Saltaba por cosas pequeñas. Respondía mal. Estaba siempre al borde, como si cualquier cosa pudiera hacerme estallar.
Ansiedad de fondo
Esa sensación constante de que algo malo va a pasar. Aunque todo esté bien. Como un zumbido emocional que no se apaga.
No era ansiedad por algo concreto. Era ansiedad existencial. Estar en alerta sin saber por qué.
Sensación de vacío
A veces me sentía vacía. Sin ganas de nada. Ni triste ni feliz. Solo… vacía.
Como si hubiera perdido el interés por cosas que antes me llenaban.
No era solo sentir esas emociones. Era la intensidad. Y la falta de control.
Antes, si estaba triste, sabía por qué. Y podía gestionarlo. Ahora, las emociones llegaban de golpe, sin motivo, y no podía pararlas.
Y eso me hacía sentir que estaba perdiendo el control. Que algo no funcionaba bien en mí.
1. Es hormonal, no estoy loca
Hablar con mi médica fue lo primero que hice. Me explicó que las hormonas (especialmente el estrógeno) afectan directamente a los neurotransmisores del cerebro: serotonina, dopamina…
Cuando los niveles de estrógeno fluctúan o bajan, el cerebro se desestabiliza emocionalmente.
No es que esté más débil. No es que sea más sensible por naturaleza. Es que mi cerebro está lidiando con un cambio hormonal enorme.
Entender esto me quitó mucha culpa.
2. Llorar no es malo
Durante mucho tiempo me avergonzaba de llorar tanto. Intentaba contenerme, reprimir las lágrimas.
Pero llorar libera. Descarga emocionalmente. Y a veces, simplemente necesitaba llorar. Sin motivo. Solo porque mi cuerpo lo necesitaba.
Dejé de luchar contra eso. Si me venían ganas de llorar, lloraba. Sin juzgarme.
3. Hablar ayuda (aunque no haya solución)
Contarle a mi pareja, a mis amigas, cómo me sentía me ayudó. No porque ellas pudieran solucionarlo, sino porque no me sentía sola.
Cuando compartía lo que me pasaba, descubría que otras mujeres también lo vivían. Que no era rara. Que era parte del proceso.
4. Escribir lo que siento
Empecé a llevar un diario. Nada elaborado. Solo escribir cómo me sentía cada día.
A veces me ayudaba a entender de dónde venían ciertas emociones. Otras veces, simplemente me ayudaba a sacarlas fuera.
Escribir es terapéutico. Me daba espacio para procesar sin tener que explicárselo a nadie.
5. Moverme cuando la ansiedad apretaba
Cuando sentía esa ansiedad de fondo, salir a caminar me ayudaba. No solucionaba el problema, pero calmaba el cuerpo.
El movimiento libera tensión. Regula el sistema nervioso. Y a veces, eso es suficiente.
6. Respirar de forma consciente
Cuando sentía que las emociones me desbordaban, me paraba y respiraba. Respiración profunda, lenta, consciente.
4 segundos inhalar. 7 segundos retener. 8 segundos exhalar.
Esto activa el sistema nervioso parasimpático (el de la calma). No elimina la emoción, pero la hace más manejable.
7. Dejar de exigirme estar siempre bien
Durante mucho tiempo pensé que tenía que estar bien todo el tiempo. Que estar triste o ansiosa era un fracaso.
Pero no. Está bien tener días malos. Está bien sentirse vulnerable. Está bien no estar siempre fuerte.
Aceptar eso me quitó presión.
8. Buscar ayuda profesional cuando lo necesité
Hubo un momento en el que sentí que no podía sola. Que la tristeza era demasiado constante, demasiado pesada.
Hablé con una psicóloga. Solo unas sesiones. Me ayudó a procesar lo que estaba pasando, a poner en palabras lo que sentía, a entender que no estaba rota.
A veces necesitas ayuda externa. Y está bien pedirla.
✅ Entender que era hormonal
✅ Hablar con otras mujeres
✅ Llorar sin juzgarme
✅ Escribir un diario emocional
✅ Caminar cuando la ansiedad apretaba
✅ Respiración consciente
✅ Dejar de exigirme estar bien siempre
✅ Buscar ayuda profesional cuando la necesité
❌ Intentar reprimir las emociones
❌ Compararme con otras mujeres que "lo llevaban mejor"
❌ Pensar que estaba exagerando
❌ Aislarme y no hablar de ello
❌ Esperar que se pasara solo sin hacer nada
Si estás en esa montaña rusa emocional, quiero que sepas algo:
No estás loca. No estás exagerando. No eres débil.
Tus emociones son reales. Y son válidas. Aunque no tengan un motivo claro. Aunque cambien de un día para otro.
Tu cerebro está adaptándose a un cambio hormonal enorme. Y eso afecta a cómo sientes, cómo procesas, cómo te emocionas.
Está bien llorar sin motivo. Está bien sentirte triste aunque tu vida esté bien. Está bien tener días en los que todo te abruma.
No tienes que estar siempre fuerte. No tienes que gestionarlo todo sola.
Habla. Llora. Pide ayuda si la necesitas. Y sobre todo, sé amable contigo misma.
Porque esta etapa pasa. Las emociones se estabilizan. Poco a poco.
Pero mientras tanto, date permiso para sentir. Sin culpa. Sin vergüenza.
La montaña rusa emocional fue una de las partes más duras de la menopausia. Más que los sofocos, más que el insomnio.
Porque te hace sentir que pierdes el control sobre ti misma.
Pero aprendí algo importante: las emociones intensas no significan debilidad. Significan humanidad.
Y que está bien no estar bien todo el tiempo.
Que puedes sentir mucho, llorar mucho, y aún así estar bien.
Que las emociones vienen, se sienten, y se van.
Y que al final, todo pasa.
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